12 de abril de 2020
Refugio del Angeli, Dublin, Irlanda.
Antes de ir al archivo de marcas, donde conocería al enigmático Angel, Neil quiso que nos acercáramos al gimnasio, donde los Angeli perfeccionaban sus habilidades de combate. Allí, según me explicó, había siempre alguien entrenando, incluso a altas horasde la noche. No hizo falta que me explicara que, si no puedes dormir, es mucho mejor aprender a matar con más eficiencia a los demonios que recordar ciertas cosas del pasado.
Incluso antes de abrir la puerta que conducía al gimnasio, pude apreciar diferencias en la estructura de aquella sala. La puerta era metálica, en lugar de estar hecha de madera como el resto de las del edificio. Además, ni un solo sonido salía de ella, y era indudable que a aquella hora habría gente entrenando en su interior, por lo que deduje que debía estar insonorizada. Neil, que parecía que podía leerme el pensamiento, completó mis hipótesis:
- Esta sala está insonorizada, todas las puertas y ventanas son metálicas para evitar accidentes si algún arma atravesara la madera, y además es imposible rastrear el calor en el interior del gimnasio. Hay demonios que poseen visión infrarroja, y pueden detectar dónde se concentran los humanos. Así encontraron nuestro anterior escondrijo...
La voz de Neil se apagó, mientras el veterano cazador se pasaba la mano por el canoso cabello. Tuve entonces la clara impresión de que Neil rememoraba un episodio particularmente angustioso de su vida. Estuve a punto de preguntarle qué sucedió, pero Neil agitó la cabeza, me sonrió nuevamente y me dijo:
- ¿Vamos, pues?
En el interior del gimnasio había todo lo que podía necesitar un cazador en su entrenamiento. Un armario de gran tamaño contenía armas de todo tipo, y versiones en madera o plástico de las armas con filo, para entrenar en condiciones de combate real. Había máquinas de musculación de todo tipo, pesas, barras, y otros aparatos. En un lado, un hombre joven de pelo rubio y largo practicaba a solas con una espada larga que tenía aspecto de ser bastante pesada. Sobre un tatami un chico que no pasaría de los dieciséis y que vestía totalmente de negro, con el pelo rojo chillón y todo de punta, trataba de tocar con dos cuchillos a un hombre mayor, de unos cuarenta años, que lo evadía sin ningún esfuerzo y bloqueaba con su espada de madera una y otra vez las acometidas de las dos armas cortas. Al fondo una chica joven, de unos veintitrés o veinticuatro años, afinaba su puntería con una especie de cuchillos arrojadizos.
- ¿Por qué – pregunté, confundido – nadie emplea armas de fuego?
- No sabemos porqué, pero parece que los demonios tienen una gran resistencia ante las balas. Es como si, tras el impacto inicial, resistieran la herida sin problemas. En cambio, con un buen corte de un arma de filo no se levantan más.
Quien me había contestado era el hombre maduro que practicaba segundos antes en el tatami. Cuando miré al joven del pelo rojo, lo descubrí sentado en el suelo y frotándose la cabeza, donde ya le empezaba a salir un gran chichón.
- Evan – dijo Neil -, te presento a Arthur. Él enseña esgrima y técnicas básicas de combate contra los demonios a los novatos como tú. Mañana te pondrás bajo sus enseñanzas, y serás tú quien se frote la cabeza tras un golpe, como ahora hace Dan. ¿Verdad, chico?
Dan gruñó desde el suelo como única respuesta.
- ¿Qué opinas, Arthur? - preguntó Neil – Lo pesqué anoche en Manor Grove, mientras daba una vuelta por la zona.
- ¿En Manor Grove? ¿Y qué hacías tú tan al sur del Liffey? Bueno, es igual, siempre haces lo que quieres...veamos al chico.
Arthur me miró apreciativamente durante unos segundos, que se me hicieron eternos. Después se volvió hacia Neil.
- Tiene presencia. Posee un fuerte aura, y la postura que tiene junto con la fluidez de sus movimientos al entrar... yo diría que emplea armas de filo curvo, y probablemente una en cada mano. ¿No es cierto, chico?
- Me llamo Evan, señor. Y sí, uso dos katanas.
- Evan, ¿eh?. Bueno, puedes llamarme Arthur. Eso de “señor” me hace sentir mayor. Sin embargo, yo diría que hay algo más... pero no es posible... nadie desde... desde Lily... no puede ser... Neil, este chico...¿tiene el Trance?
- ¡Bien supuesto! - dijo Neil, encantado – Su casa fue atacada por un Mile. Se defendió como un verdadero Angeli y destrozó al demonio con sus espadas.
La cara de incredulidad y sorpresa de Arthur por que yo hubiera sobrevivido al ataque de ese Mile (fuera lo que fuera eso) casi compensó el dolor que sentí al revivir la espantosa escena del día anterior.
Cuando nos marchamos del gimnasio, con la promesa de volver el día siguiente para entrenar con Arthur, Neil me miró con una mueca pícara.
- Ha sido una lástima, parece que Lily está en alguna misión o patrullando alguna zona de Dublin. Me hubiese gustado presentártela.
- Si no fuese porque dices que es imposible, juraría que estás intentado liarme con ella – bromeé.
- Bueno, bueno, quién sabe...
Nos reímos mientras cruzábamos la sala principal, pero yo seguía experimentando ramalazos de dolor casi constantes por lo sucedido la noche antes.
Por fin dirigimos nuestros pasos al archivo de marcas, para que yo pudiera conocer a Angel. Lo primero que pensé al entrar en la sala fue que probablemente había sido una biblioteca en el pasado. Grandes estanterías polvorientas y vacías llenaban la sala, mal iluminada, con cortinajes cubriendo las ventanas y la luz eléctrica apagada. Tan sólo la más cercana a la puerta presentaba signos de uso reciente: se podían ver en ella varios grandes volúmenes encuadernados en piel, así como algo que parecían carpetas de apuntes. Había una mesa con una silla desocupada, equipada con un flexo encendido, varios botes de lo que me pareció tinta china, instrumentos de escritura parecidos a plumas, pero de un diseño extraño y una moderna cámara digital. Parecía que Angel no estaba allí, así que me acerqué a la primera estantería, con la sana intención de curiosear un poco por allí. Leí rápidamente los títulos de los tomos de piel: había cosas como “Guía demoníaca”, “Demonios de nuestros tiempos”, “Hijos de la noche” y otros similares. Sin embargo, apenas extendí mi mano hacia las carpetas de apuntes, una voz surgió de las sombras del fondo de la habitación, sobresaltándome.
- ¡Neil! Ya hacía tiempo que no te pasabas por aquí. ¿No echas de menos nuestras partidas?
Se trataba de un joven, apenas mayor que yo, que avanzaba hacia nosotros con un manojo de fotos recién reveladas en la mano. Llevaba despeinado el corto cabello negro, y las gafas de montura de pasta le resbalaban continuamente hasta la punta de la nariz. Vestía una camiseta vieja, ancha y cómoda, con un llamativo mensaje de “Salvemos a las ballenas”, y unos vaqueros anchos. El conjunto de su aspecto le daba un aire de genio extravagante y despistado. No era mal parecido, pero estoy seguro de que ninguna chica se le había acercado en su vida.
- Evan, éste es Angel. Es un genio en todo lo relativo a las marcas. Él te podrá explicar con más detalle cómo se extraen las marcas de los demonios. Además es un gran jugador de ajedrez, con el que he disfrutado mucho ante un tablero. Es difícil ganarle, aunque cuando lo consigo me siento muy bien – terminó entre carcajadas.
- Encantado, Angel. Tenía muchas ganas de conocerte. El tema de las marcas me parece tremendamente interesante.
- Igualmente, Evan. Puedes pasarte por aquí todas las veces que quieras, y, si no estoy en una extracción, podrás preguntar todo lo que la curiosidad te pida. Además, ¿sabes jugar al ajedrez? Sería un placer recuperar la costumbre de practicar.
- Hace mucho que no juego, pero no se me daba mal. Echaremos alguna partida, seguro – dije guiñándole un ojo.
- Perfecto – sonrió él -. Ahora, si me disculpáis, tengo que terminar de registrar esta marca que recogió Lily ayer.
- ¿Sabes dónde está ahora? - interrogó Neil.
- No tengo ni idea. No la veo desde ayer por la tarde, cuando me trajo la marca.
Angel mostró a Neil lo que parecía ser un pedazo de piel, de color pardo, sobre el que relucía una inscripción hecha con algo similar a tinta plateada.
Mientras salíamos, Neil me explicó algo más acerca de las marcas.
- Cada marca se prepara con un tipo especial de tinta. Debemos extraer la tinta de la piel, y luego hacer exactamente el mismo dibujo si pretendemos emplear la marca, usando para ello toda la tinta disponible. Es un trabajo arduo, que lleva horas. Dejemos a Angel tranquilo hasta mañana.
Como me había levantado tarde, ya casi era la hora de comer. No tenía mucha hambre por el tardío y abundante desayuno, pero nos dirigimos al comedor, a falta de algo mejor que hacer.
Ante un buen plato de spaghetti mi apetito regresó raudo como el viento. Probé tentativamente la pasta con la punta de la lengua, y tras comprobar que no quemaba me metí el tenedor en la boca. ¡Qué delicia! Cebolla, nata, bacon, laurel, perejil, orégano... toda una sinfonía de sabores en el paladar.
- Mmm...¡esto está buenísimo!
- No me extraña que te guste – dijo riendo Neil -. El equipo de cocina está formado por auténticos cracks de los fogones. La comida aquí siempre es deliciosa.
- Doy fe – asentí con la cabeza, mientras masticaba con la boca llena.
- Tampoco seas tan ansioso – dijo Neil, con la risa dibujada en la cara de nuevo -. ¡Que no te lo va a quitar nadie!
- ¡Es que está demasiado bueno!
Con semejante incentivo, no tardé en dar buena cuenta del plato, y acto seguido me tomé una sabrosa manzana verde como postre.
Después de comer, Neil me dijo que un equipo de limpieza ya había pasado por mi casa, y que si me veía capaz podíamos ir a recoger mis cosas, de modo que pusimos rumbo a mi hogar, en el otro lado de la ciudad.
Por el camino la suave luz del perenne atardecer nos acompañó, y el trayecto fue un tranquilo paseo. Cuando llegué a mi casa, sentí como un golpe en el corazón. La puerta, entreabierta, chirriaba suavemente al viento primaveral. El agujero que hiciera Neil la noche anterior aún estaba en la pared de la habitación del piso de abajo.
Entré acompañado de Neil, a quien notaba muy tenso y alerta, por si algún demonio rondara por allí. Subí a mi habitación y recogí algo de ropa (principalmente sudaderas con capucha, camisetas negras y vaqueros, así como varias mudas de ropa interior), que fue directa a la mochila que me había dado Neil en el refugio. Después me colgué el arco al hombro y el carcaj a la espalda, así como las vainas de ambas espadas también en la espalda, sujetas con unas correas destinadas a tal fin que me compré en Hokkaido, en un viaje familiar a Japón, varios años atrás. También guardé un par de cosas que me ayudarían a recordar mi antigua vida, como algunas fotos y objetos personales. En todo momento sentía la presencia de mi familia a mi alrededor, y el dolor en mi corazón era más fuerte por momentos. Las lágrimas asomaron a mis ojos al pensar en mis padres y mi hermana, pero resistí la tentación de ponerme a llorar. Sacudiendo la cabeza, me deshice de esos tristes pensamientos, guardándolos en el fondo de mi mente, y bajé de nuevo las escaleras.
Cuando Neil me vió aparecer tan bien armado, movió afirmativamente la cabeza con aprobación y me metió prisa para marcharnos. Pero, pese a toda su premura, ningún demonio o criatura abisal nos acechaba, y volvimos cuando ya oscurecía sin haber tenido ningún contratiempo.
Neil me comentó que iba a ver qué había para cenar, así que yo me acerqué a la armería, donde aún no había tenido ocasión de entrar. Resultó ser un organizado almacén donde había dos secciones: en una había gran cantidad de armas de todo tipo en soportes enganchados a las paredes, así como en contenedores redondos que había en el suelo; la otra consistía en un enorme mueble con multitud de estantes y divisores, que creaba secciones cuadradas similares a taquillas. Cada una de ellas estaba acompañada por un nombre: Neil, Arthur, Lily, Angel (allí descubrí que Angel también luchaba, con un arma similar a un katar), Dan... comprobé con sorpresa que una de las del fondo rezaba “Evan”. Dado que tenía mi nombre, tras dudar unos momentos deposité allí mis dos katanas envainadas, las correas para atármelas a la espalda, el arco y el carcaj.
Al salir me encontré con Arthur y Angel, que hablaban animadamente camino del comedor para la cena. Me uní a ellos y llegamos juntos a la entrada, donde Neil hablaba con una mujer a la que yo no conocía. Era una mujer de unos cuarenta y pocos, todavía guapa y con una buena figura. Su pelo largo, liso y oscuro contrastaba con sus ojos verdes. Neil no me la presentó, pero escuché que la llamaba Naya, y el brillo que ambos teníanen los ojos me hizo pensar que había algo entre ellos. Cuando terminaron la conversación, Naya se excusó y desapareció escaleras arriba, así que Neil se unió a nosotros para nuestra incursión al comedor.
La cena fue el mejor momento de todo el día. Angel, tal y como había predicho Neil, me cayó muy bien desde el primer momento, y pasamos gran parte de la noche enfrascados en una interesante conversación que alternó el armamento medieval japonés con diferentes aperturas ajedrecísticas. Por su lado, Neil y Arthur charlaban distendidamente sobre la actualidad del Angeli, gracias a lo cual me enteré de que yo era el último de una gran racha de incorporaciones al gremio, algunas de las cuales habían resultado ser muy hábiles y competentes. Sin embargo, la gran mayoría eran hombres y mujeres jóvenes, de unos treinta años. No muchos adolescentes sobrevivían al infierno diario de Dublin. Había algunos, como Dan, que tenía quince años, y Donna, la chica italiana que practicaba con los kunais cuando fuimos al gimnasio, que tenía veinticinco y había venido a Dublin como estudiante erasmus dos años antes. Pero de mi edad, entre dieciocho y veinte años, los únicos miembros en el Angeli eran Lily y Angel.
Pese a lo oscuro del tema de conversación, a lo largo de toda la cena hubo muchas bromas y risas, y por un momento conseguí olvidar todo lo que había pasado la noche anterior.
Nos despedimos afectuosamente y me dirigí a mi dormitorio mientras mi sensación de bienestar iba desapareciendo para dejar sitio a una inquietud creciente.
Cuando llegué a mi cama todo lo que los acontecimientos del día me habían impedido pensar cayó sobre mí con una fuerza arrolladora. Mi pecho se hizo un gigantesco nudo, mis ojos se anegaron en lágrimas, que me empeñé en no dejar caer, y los sollozos pugnaron por salir de mi garganta. En mi cabeza ví de nuevo a toda mi familia morir, una y otra vez. Aguanté estoicamente, pero con el paso del tiempo el nudo no se aflojaba, sino que apretaba más y más. Finalmente no pude soportarlo, hundí mi cabeza en la almohada y lloré, lloré como no lo había hecho nunca antes, reduciendo los sollozos para que no se me oyera en las habitaciones contiguas, con todo mi cuerpo sacudido por incontrolables temblores. Lloré durante horas, hasta que el nudo se aflojó y finalmente se deshizo. Entonces me incorporé, con los ojos arrasados, y me juré a mí mismo que no volvería a derramar una sola lágrima hasta el día en que el último de los demonios que habían invadido mi Dublin natal hubiese sido eliminado. Y eso incluía al tal Patrick Hanlon, que había sido el causante de que toda mi familia estuviera camino del cielo.
3 feb 2010
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