3 feb 2010

Tras la pista

22 de mayo de 2020
Cercanías del río Liffey, Dublin, Irlanda

Me dejé llevar por mi instinto mientras me vagaba por las calles de Dublin camino al Liffey. Iba casi con los ojos cerrados, mientras mi cuerpo seguía un camino errante, tras el recuerdo de una huella del olor de Lily flotando en el aire. Cuando escuché, bajo los sonidos de la ciudad que aprovechaba frenéticamente las pocas horas medio soleadas, el murmullo del río, me desperecé y me concentré al máximo en encontrar cualquier cosa que me pudiera dar una pista de dónde estaba Lily.
Pese a todo, me llevó varias horas encontrar aquel rastro. Nada realmente llamativo, pero un charquito de líquido azul turquesa mojando la hierba de la orilla del río no puede surgir de la nada. Ahí había sangrado, y probablemente muerto, un demonio, a juzgar por la cantidad de sangre derramada. Una vez supe lo que buscaba no fue complicado notar, aquí y allá, pequeños goterones turquesas, probablemente allí donde la sangre había goteado de la espada de Lily. Guiado por esos fieles indicadores, entré en Phoenix Park bordeando el río por la ribera norte, donde las gotas fueron siendo cada vez más escasas, hasta desaparecer por completo.
De nuevo sin pistas, razoné que si Lily no había tenido necesidad de matar más demonios, ya que su espada había dejado de gotear, quizás se encontrara sana y salva. Además, la sangre no debía tener más de tres días, ya que no había sido borrada por la acción de la naturaleza, pero tampoco menos de dos, ya que estaba seca. No pude imaginar en qué había empleado tres días antes de pelear con los demonios en el Liffey, pero tenía bastante claro que, como mínimo, había llegado viva hasta ese día. Espoleado por ese pensamiento, reanudé mi búsqueda con ímpetu. Sin embargo, comprobé que había perdido demasiado tiempo buscando el rastro en el Liffey. Los últimos rayos del sol moribundo pintaban de un bellísimo dorado las nubes bajas que decoraban el cielo sobre el Phoenix Park, un dorado que a mí me recordaba que en pocos minutos los demonios tendrían plena libertad para pulular por la ciudad, y más por un sitio como el Phoenix Park.
De pronto, la luz se hizo en mi mente. No debía temer mi encuentro con los demonios. Lo que de verdad debía hacer era buscar dónde se escondían. Si Lily había sido derrotada pero seguía viva por algún motivo, estaría en la guarida más cercana.

Me moví con rapidez, rezando por tener tiempo suficiente. Casi me parecía oír ya los chasquidos de las ramas al romperse bajo las patas de los demonios que, en breves, estarían en el parque. Subí al árbol más frondoso que encontré, arañándome la cara y las manos con las ramas que parecían estar defendiéndose de mi inesperada intromisión en su sueño. Una vez encontré una rama lo bastante gruesa como para sostenerme, adopté la posición más cómoda que pude y esperé.

¿Habéis oído alguna vez eso de que el tiempo va más despacio cuando quieres que llegue algo, y más rápido cuando deseas que no llegue nunca? Bueno, pues podréis comprender que, incómodo, subido en un árbol, en una noche fría en medio de un parque, deseando que apareciesen los malditos demonios para ver de dónde salían... la espera, que no debió durar mucho más de quince minutos, se me antojara horas, tiempo durante el que el sol se ocultó completamente en el horizonte.
Por fin escuché algo, primero muy suavemente, después con más fuerza. Sin embargo, no era en absoluto lo que yo esperaba oír. Era un sollozo, un llanto infantil. Sonaba exactamente como si una niña pequeña estuviera llorando en el parque. Estaba ya a punto de bajarme con precipitación para rescatarla de una muerte segura cuando la duda me atenazó. ¿Una niña? ¿A esas horas perdida en Phoenix Park? No me parecía muy probable. Decidí esperar. Sabía que si resultaba ser realmente una niña su vida iba a durar muy poco y no me lo podría perdonar nunca, pero mi instinto me decía que no se trataba de eso.
¡Gracias al cielo que tomé esa decisión! Cuando finalmente la “niña” entró en mi limitado campo de visión, ví que en realidad era algo horrible, similar a una hormiga o algún otro insecto de tamaño similar al humano, pero con pinzas y dientes por todos lados. Un cambiante, pensé, aterrado de lo que me hubiese pasado de haber bajado desprevenido a buscar a la niña. Con la conmoción de descubrir la verdadera naturaleza del peligro que había corrido, casi no me percaté de la dirección de la que provenía el demonio. Me moví en mi posición de la rama, con la intención de saltar a la rama de algún otro árbol contiguo, e ir comprobando la procedencia de los demonios hasta determinar su punto de origen. Sin embargo, la rama crujió muchísimo bajo mi peso y el cambiante se enderezó, repentinamente muy atento, cesó en su fingido llanto y aventó el frío aire de la noche dublinesa, mientras escuchaba los sonidos procedentes de la rama.
Me mantuve absolutamente inmóvil, con las manos en las empuñaduras de ambas katanas, y dí gracias al barro del Liffey, que se había acumulado sobre mi ropa durante el día mientras buscaba pistas y seguía el rastro de Lily y tapaba en gran parte mi olor. Además, el frío evitaba que yo sudase, y el demonio, tras una espera que me puso los nervios de punta, debió pensar que se trataba de algún animal, ya que reanudó su llanto y se alejó.
Poco a poco reactivé mi cuerpo, ya que me había quedado prácticamente paralizado. No era la primera vez que me enfrentaba a un demonio, pero sí que era la primera que me sentía tan intimidado. Posiblemente fuera por el intenso asco que me dan todo tipo de bichos. Curioso, ¿no? Un tipo que mata demonios asquerosos y repulsivos que no dudarían en matarlo sin que le tiemble el pulso, pero que pone muecas ante un escarabajo. En fin, estoy divagando...
Salté de rama en rama en la dirección por la que había llegado la criatura. No tardé en ver varios cambiantes, con diversas formas, que me indicaron que avanzaba en la dirección correcta. Finalmente no pude acercarme más, ya que no existía ningún árbol cercano que me pudiera servir de apoyo, y me contenté con observar cómo los demonios se dispersaban en todas direcciones desde lo que parecía un simple agujero en el suelo.
Pasó lo que me pareció al menos media hora mientras los cambiantes, de diferentes formas y tamaños, iban saliendo de la guarida subterránea y se alejaban en busca de alimento. Mientras, yo, apoyado en el tronco, me entretenía pensando en cómo iba a reaccionar Lily cuando la salvara de una muerte segura. ¿Qué queréis? Uno también tiene ilusiones.
Sin embargo, me distraje demasiado. Un suave temblor en mi misma rama, justo detrás de mí, me sacó de golpe de la ensoñación en la que estaba metido. No esperé a identificar qué o quién estaba detrás de mí, simplemente desenvainé la katana mientras me daba media vuelta y lancé un tajo fulminante. Mi reacción, extremadamente mejorada gracias al intenso entrenamiento al que me había sometido, me salvó la vida. Un enorme y repugnante engendro humanoide, con garras en lugar de manos y pies, sin rostro exceptuando una gran boca repleta de dientes afilados y con la piel negra y escamosa se había colocado a mi espalda y ya estaba alzando la cuchilla de su brazo derecho cuando mi katana le seccionó limpiamente la cabeza. Desesperado, ví como ésta volaba y empezaba a caer. Si llegaba al suelo, los otros demonios oirían en golpe, la verían y podía darme por muerto. Rápido como el pensamiento, clavé profundamente una de mis katanas en el tronco del árbol y con la otra lancé una estocada que atravesó limpiamente la cabeza, impidiendo que cayera. Quedé desequilibrado en el aire, con los pies en la rama pero el cuerpo fuera, casi cayendo, pero sujeto por la espada clavada en el tronco. Con una violenta sacudida recuperé la estabilidad, desclavando en el mismo movimiento la hoja del árbol. No sabía si el cambiante había muerto o no, así que me lancé con fuerza hacia él, manteniendo a duras penas el equilibrio sobre la rama, y lo atravesé repetidamente con la hoja libre, hasta que se desplomó. Agarré con fuerza el cadáver y lo coloqué de forma que no cayera al suelo. Tiré de la cabeza hasta sacarla de la hoja de mi katana y la coloqué sobre el cuerpo decapitado. Lo que no podía impedir era que la sangre chorreara de la rama y goteara en el suelo. Esperé durante unos segundos, temiendo que una horda de demonios se abalanzara sobre mí, pero descubrí, con agradecida sorpresa, que, aunque el incidente había ocurrido en apenas unos pocos segundos, el incesante goteo de demonios al exterior había concluido. De hecho, ni siquiera se veía ningún demonio en los alrededores. El que yo había matado debía haber intentado cogerme sin avisar a los demás para poder disfrutar de una buena comida a solas. Un estremecimiento me sacudió al pensar en mí mismo como pienso para demonios.
Extremando las precauciones, bajé del árbol y inspeccioné los alrededores. No descubrí ningún centinela ni nada semejante, pero no concebía que dejaran la guarida sin protección, así que asumí que los obstáculos empezarían cuando bajara al agujero.
Por primera vez, dudé. ¿Valía la pena meterme en la boca del lobo sin saber siquiera si Lily estaria allí o no? Desorientado, sacudí la cabeza intentando aclarar mis pensamientos. Y al mover la cabeza algo destelló entre la hierba del parque, a pocos metros de la entrada del agujero. Cuando me acerqué descubrí la daga de Lily, aquella tan característica con la empuñadura que protegía la mano. La luz de una farola cercana había incidido en la hoja del arma, deslumbrándome cuando mi cabeza adoptó una posición extraña al sacudirla. Guardé el arma en el bolsillo de mi cazadora, me eché la capucha sobre la cabeza y, con más miedo del que me atrevía a reconocer, me adentré en el agujero. No me fijé en ningún momento en la sombra que me había estado vigilando desde la oscuridad, y que se acercó al agujero con calma en el momento en el que yo desaparecí en su interior, revelando una figura humana, con la cabeza cubierta por una capucha. Pasados unos segundos, algo sonó en uno de sus bolsillos. La sombra metió la mano en un pliegue de la prenda que le cubría el torso, sacó un teléfono móvil y dijo, con una sonrisa en la que no participaban sus ojos:
- Tranquilo, le tengo.

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