Refugio del Angeli, Dublin, Irlanda.
Amanece un día más en Dublin. Bueno, en realidad no sé si debería llamarlo exactamente un día más, ya que hace casi diez años que el sol no se ve entero en el cielo. Desde aquel día en el que la luz de la luna se tiñó de violeta, y una puerta que nadie sabía que existía se abrió para cambiar para siempre la faz de la tierra.
Desde entonces, los días, por llamarlos de alguna forma, duran unas ocho horas, divididas en cuatro en las que el sol amanece, y cuatro en las que atardece. El resto es una noche bajo una luna pálida y blanca. Nunca aparece en el cielo más allá de la mitad de la esfera solar, todo está siempre envuelto en bruma y tiniebla.
No voy a negar que el efecto de un amanecer permanente resulta extraordinariamente bello. Las nubes bajas pasan horas teñidas de rosa, hasta que llega el mediodía y el dorado del atardecer ocupa su lugar. Sin embargo, todo tiene su cara mala. Y, en este caso, la belleza que obtuvimos nos llegó a un precio terrible. Aquel día se abrió, en algún lugar de la ciudad, una puerta directa al infierno. No cabe duda de que, en algún momento posterior, la puerta se cerró, pero el caudal de demonios, hombres lobo, vampiros y otras criaturas del más allá que penetraron en nuestro mundo fue más que suficiente para sumir la ciudad en el caos. Ahora nunca sabes quién está debajo de una capucha, salir por la noche es un suicidio asegurado y la gente vive con miedo, pero no sabe exactamente a qué teme.
Sin embargo, no siempre fue así. Yo solía salir a la calle cuando, por la tarde, el sol bajaba y mi madre se dedicaba a coser o a leer tranquilamente, mientras mis amigos y yo nos perdíamos por las callejuelas del barrio, siempre detrás de una pelota de fútbol. Llegaba a casa cuando la noche era cerrada y mi padre ya había llegado de su trabajo. Mi hermanita nos alegraba la cena con sus anécdotas del colegio. A la mañana siguiente, el sol en el cielo me acompañaba camino de la escuela, donde aprendía a ser alguien de provecho.
Todo cambió aquella noche en la que la luna apareció con ese color tan oscuro. Cualquiera hubiese dicho que la oscuridad se había comido la luna. Y realmente podríamos decir que así ocurrió. Todo el mundo sintió que algo iba mal. Un mal presentimiento. Todos intuíamos que algo horrible había sucedido. La catástrofe se olía en el aire.
Sin embargo, pocos somos los que sabemos todos los detalles de la realidad de la catástrofe.
Mi nombre es Evan. Desde hace unas semanas pertenezco a un gremio exclusivamente dedicado a la caza de todos los seres sobrenaturales que pululan por nuestra ciudad. En realidad, puedo afirmar que la historia que os quiero contar empieza en el preciso instante en el que fui reclutado por Neil, un cazador ya veterano, con más de siete años de experiencia y que ocupa uno de los puestos más altos en el Angeli, el clan de cazadores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario